Requiem

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El Coro de la Universidad de Sevilla ha conseguido que mi espíritu se elevara hasta el penúltimo piso, donde vive la paz. El último piso, es ya, así lo dispongo por esta conveniencia mía, donde vive la paz eterna.

No ha sido el momento, mientras escuchaba el sublime Requiem de Mozart interpretado en La Catedral de Sevilla, aunque desconozco cuándo llegará. Tras ese largo y pesado discurrir en el que vivimos por la pandemia hemos, he pasado, por fases en las que consigo encontrar coincidencias escalofriantes con otras personas cercanas y amigas.

Hoy, una de esas amigas que aún no había salido, porque en Madrid el desconfinamiento es mas lento, me escribió por el WhatsApp que, tras 85 días había decidido abrir la puerta de su domicilio. Lo hizo para recoger a su hija ante quien deseaba mostrarle la valentía suficiente con la que poder protegerla dándole la seguridad que solo puede dar una madre a su hija, y que una hija necesita irremediablemente de su madre.

La experiencia, -pasear se había convertido en una experiencia-, le resultó como un sueño del que no podía reaccionar mientras su cuerpo mostraba temblores y su mente se posicionó en el modo de bloqueo. Parada frente a un semáforo se sintió, describe, como sonámbula. La ciudad empezaba a sentarle mal.

Aquella que había sido la cómplice de su vida en esos ratos de amor y disputa. El miedo llegó a apoderarse de ella. Cumplió con cada una de las premisas impuestas por las medidas de seguridad sanitaria que te protegen contra el virus. Amarga experiencia que la acompañó a su hogar de donde tardará en volver a salir.

Y es que, para salir a la calle a luchar contra el enemigo que nos acecha a diario, que nos amenaza con violentas voces hechas de mentiras, convertidas en nueva lengua oficial, y pretendiendo hacerse creíbles, hace falta tener coraza.

Las mentiras son malas ideas nacidas del odio de cobardes que solo viven pendientes de una persona de quien, en la mayoría de los casos, no quieren más que matarla. Que desaparezca. Hay seres humanos que resisten más que otros, los virus mortales.

Unas personas mueren, otras resisten. Mi amiga, acosada por la nueva realidad, no se asomará hasta que escampe la amenaza. Otros, por el contrario, son tocados por el divino halo de Dios, cual vacuna, que les hace inmunes ante esos virus perversos.  Detectan la mentira, esos virus cuales hienas devoradoras que al mínimo ápice se contrarían. Virus mortífero: ellos seguirán saliendo a la calle. Seguirán viviendo en el penúltimo piso donde reside la paz porque son inmunes.

Leer el artículo de Mariló Montero en El Diario de Sevilla.

Las columnas de Mariló Montero se publican en todas las cabeceras del Grupo JOLY:
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