La vecina del quinto

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Empieza a despuntar la luz del día pero ella prefiere no verla. Tiene miedo a que amanezca otra vez. Odia los días. Odia las mañanas. Le cuesta vivir. Por eso al acostarse cada noche baja las persianas y corre las cortinas de la ventana de su dormitorio. Con los ojos cerrados es cuando más paz siente. No tiene que justificarse ante nadie porque la ciudad duerme. La noche le protege de la vida en la que ella ya no quiere participar. Como la noche no habla se siente más segura bajo su manto negro. Hoy ha vuelto a ser de día con la obligación de vivir una vida que ya no tiene. Se esfumó el bullicio de las mañanas. Ya no se levanta como un resorte para despertar a sus hijos, prepararles el desayuno, la ropa y acompañarlos al colegio. Abre los ojos y se queda enterrada entre las sábanas de su cama en la que ya ni siquiera está el cuerpo de su marido. El bulto, después de tantos años de costumbre, le hacía compañía. Desde que se quedó viuda su casa es un cementerio de historias del pasado y la luz de las ventanas son cuchillos de recuerdos que le caen como plomo sobre los ojos. Inspira con profunda tristeza y arrastra su cuerpo hacia el aseo. Enciende la luz y se mira de perfil en el espejo. Saca la valentía para girar su cuerpo y plantarle cara al cristal donde observa qué ha sido de su lozanía. Los pómulos caídos se han convertido en una papada. Los párpados de los ojos le cubren la pestañas incrementando la tristeza. Arrugas en la cara. Arrugas en el pecho. Los senos se le juntan casi con el ombligo que cae hasta el pubis difícil de definir. Su intimidad le asquea. Los muslos son un sinfín de pliegues. Los tobillos es lo único que se parece al pasado del cuerpo que la enorgulleció. Nunca fue bella pero si tuvo su éxito. Ahora hasta ducharse le cuesta mucho más rato por todos los pliegues que se empeña en enjuagar y la crema con la que hidrata su cuerpo no se desliza por una piel tonificada. Es muy incómodo ser mayor. Ser vieja. Horas después de intentar arreglarse para sentirse digna en la calle sale a por el pan y poco más de comer. Ya no tiene apetito. Es tarde. El sol se va. Es hora de misa. Cuando le ofrecen la paz ni levanta la mirada. Saludar a cualquiera no le produce interés. Se ha cerrado en sí misma y regresa a su casa. Pone la televisión y se queda dormida hasta la madrugada. Otra vez se acuesta. Y se repite la misma dinámica. Se despoja de la ropa para enfundarse en el camisón. Baja las persianas. Corre las cortinas. Suena el timbre temprano. La empresa de luz le reclama las facturas atrasadas desde hace años. Vienen a desahuciarla. La vecina del quinto no responde. Silencio en la casa. Hacía tiempo que no la veían en misa. Nadie la echaba de menos. Rompieron la cerradura y la hallaron en su cuarto, enterrada bajo las sábanas.

Leer el artículo de Mariló Montero en El Diario de Sevilla.

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