La memoria presente

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Me he sentado en un banco del parque. Su diseño ha ignorado el paso de los años así como los cambios que muchos otros han sufrido por culpa de la fría era ergonómica. Una serie de largos listones de madera horizontal resultan un amablemente asiento ondulado que sostiene mi cuerpo, desde las piernas a mi espalada. Este banco ha detenido mi presente que se ha ido volando, entre las alas de las antipáticas palomas. Nada hay más allá frente a mis ojos empequeñecidos por las arrugas de mi tiempo que el juego de siete niñas. Serán unos cinco metros de goma elástica que dos de ellas tensan desde sus tobillos. El salto de la goma. Ese juego infantil que me estremece porque ha revelado lo que sobrevive en mí de esa niña saltarina que hacía volar sus largas trenzas negras. Una goma de color rosa que una pequeña evita tocarla con sus pies y en el siguiente brinco ha de aplastar las dos líneas paralelas a la vez. Se le escapa del pie derecho uno de los elásticos, por lo que le toca sostener con sus tobillos la cinta para que su amiga intente superar con gracia su habilidad que ahora imposibilitaría superar a mi edad. Se me romperían las caderas, se caería mi suelo pélvico. En cada rebote veo que las inagotables crías juegan un desafiante ejercicio saludable para el cuerpo y el alma.

En el siglo XXI he hallado un juego del pasado. Soy un imán de carne pegado a un banco, ajena a la vida que me rodea. Mi mirada se ha dado la vuelta hacia mis recuerdos, en los que se ha abierto uno de los capítulos de mi memoria que se ha hecho presente al escuchar la voz lejana de su madre. Han salido corriendo y la goma se ha quedado fofa en el suelo. Sin intuir ningún movimiento, sin haber escuchado ninguna otra voz, mi cabeza se ha girado hacia el cristal donde exponen pasteles para las comuniones. En el escaparate de la pastelería he visto asomada a Agripina. Agri y yo hemos unido nuestra coincidente mirada con nuestra coincidente memoria y nuestra coincidente nostalgia. La emoción de nuestra coincidente memoria ha roto dentro de nuestra garganta lo que fuimos cuando ellas son: tan felices, tan descuidas, tan inagotables, tan ágiles. La plaza se ha quedado vacía. Las niñas han ido a la catequesis. Ya no queda en ella ni una sola paloma huidas por la amenazante tormenta.

Leer el artículo de Mariló Montero en El Diario de Sevilla.

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