La calle incierta

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Soy consciente de que me voy a encontrar con él en cuanto cierro el portón del portal de mi casa. La inquietud no me surge cuando estoy cogiendo las llaves para cerrar mi piso, ni cuando voy bajando las escaleras, ni siquiera al cerrar la cancela del patio.

Solo cuando ya he cerrado el portón de la calle y empiezo a caminar, es cuando me sobreviene que me voy a encontrar a él. Empiezo a sentir la lluvia de preguntas invadiendo mi frente. Me pregunto si estará en su rincón tirado en el suelo, o quizá tenga suerte de que esté por ahí con su gente. Ordeno mis interrogantes si estará o no estará. A menos de cien pasos, veo que sí, está en el suelo.

El hogar de Aarón es la entrada de un viejo y abandonado comercio del centro de Sevilla. Hoy está sentado sobre unos trapos que pudieron haber sido alguna manta de cualquier hogar de una familia o de otro lugar donde las mantas terminan siendo la cama de un sin techo. Los apagados colores le dan cierta calidez.

Algo similar usará para elevarla por un extremo imitando una loma para lo que podría ser una almohada. La sombrilla de playa es objeto nuevo en su estancia. Sus bolsas, hoy son más pequeñas. Aarón no tiene el aparato de música que le proporcionaba compañía durante su vida a la intemperie. Hace calor, mucho calor.

Detengo mis pies frente a él. Es guapo, muy guapo. Flaco como la rabia por efecto de las drogas blandas -me confiesa que no se pincha-, pero su cara de niño, los ojos azules y el pelo rubio le dan un atractivo como pocas ocasiones la suciedad puede favorecer a una persona. Le saludo con una sonrisa velada por la mascarilla, pero como él la conoce, me responde con su habitual acento del Este: “¿Qué tal estás cariño?”.

Hacía días que no lo veía tan disgustado. Le han robado la radio y el teléfono móvil. No le había visto tan afectado ni cuando me contó que su ex mujer le clavó las tijeras en el tríceps y un cuchillo en el glúteo derecho. El robo de la radio y el teléfono le ha perturbado el ánimo. Pensé en comprarle uno para que pudiera volver a lo poco que él aspira.

Me dijo: “Ayer pasó por aquí un señor mayor que caminaba tan despacio que pude arrancarle el teléfono móvil que llevaba en la mano. Pero… no se por qué no se lo quité. Hubiera tenido un teléfono y ya está. Mira qué fácil, cariño”. Aarón y yo tenemos una comunicación visual tremendamente profunda. Le respondí con dulzura: “tú no eres así”. A lo que espetó: “cariño, tú no sabes cómo soy.” Pensé: es verdad. Y me fui por la calle incierta.

Leer el artículo de Mariló Montero en El Diario de Sevilla.

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