Héroes en silencio

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Martín se está sentado en el sillón de los héroes. Se trata de un gran butacón, de color rojo, desde donde no se le va a pedir que haga ningún esfuerzo apocalíptico como a Superman. Tampoco debe elaborar una delicada declaración que solvente un conflicto político-social. Sin mover a penas  un músculo, Martín va a salvar muchas vidas. Se le ve tan a gusto, ahí, casi tumbado, que parece dispuesto para ver una película. Se remanga la camisa por encima del codo. Cuando posa su brazo izquierdo sobre el apoyabrazos Silvia, la enfermera, ya ha entablado una cariñosa conversación sobre asuntos de la familia. El héroe ni se ha percatado de que ya tiene el compresor de goma ajustado al bíceps para que aflore la vena. Del diminuto  punto que se ha abierto en su piel empieza a salir una sensacional corriente de sangre hacia una bolsa transparente. Comienza la extracción. Aquí se advierte el auténtico significado de la perspectiva: algo pequeño puede parecer enorme según desde donde lo veamos. Ese minúsculo punto de extracción da vida. No digo una, digo ochenta al día. Una media de veintinueve mil al año. ¿Qué héroe real o cinematográfico logra tan titánica obra? Charlo con Martín. Con Martín Mancediño. Él mismo me describe cómo su padre y su abuelo iban al sanatorio, allá por los años 50, para donar sangre “brazo a brazo”. Se hicieron donantes tras fallecer su madre a causa de una peritonitis complicada por una infección. Perdió mucha sangre. Pasado el tiempo, ya que él tenía dos años cuando quedó huérfano, comprendió la importancia de donar. Martín fue convenciendo a cada uno de sus compañeros de trabajo, y luego a los de la mili, para que se hicieran donantes. Su vocación le mantiene, desde hace años, en la presidencia de la Fundación Nacional de Donantes de Sangre, FUNDASPE. Me dice que en este siglo se pueden reproducir algunos órganos, pero no la sangre. Evoca, entonces, al doctor Zarco Hantchef: “Cuando le aseguren que van a hacer  sangre artificial, pregunte a quien diga eso si es Dios”. La sangre se muere en poco tiempo. Todos los hospitales, me detalla, tienen en sus neveras reserva para cinco días, por lo que se debe mantener el ritmo de donaciones. Por eso invoca a  los donantes para que tengamos constancia. Ya ha terminado la extracción. Se levanta del sillón tan impecable como Superman después de salvar al mundo. No lleva una “S” escondida. Bajo el pecho tiene un gran corazón. Martín estira la manga de su camisa como si nada. Cuando  se abotona  el puño  pienso en todos los héroes que realizan una hazaña tan beneficiosa para salvar la vida a miles de personas en peligro. Lamentablemente ninguna institución los condecora. El Premio Princesa de Asturias sería un galardón bien merecido para esos millones de donantes; héroes en silencio.

Leer el artículo de Mariló Montero en El Diario de Sevilla.

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