Estamos ciegos

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Marta le dijo a su madre que ningún niño de clase quería invitarle a su cumpleaños. La pequeña acababa de regresar a casa con las trenzas despeinadas por tantas horas de estar en la escuela y debido a los correteos que echaba durante el tiempo de recreo con sus amigos. Lucía esa arrobadora belleza inocente de una chiquilla pero a la que se le quebró su primera arruga en la frente. Durante el baño y la cena Marta le detalló a su madre cómo los niños y niñas traían de casa un montón de invitaciones que luego se repartían. Los describía como fajos de cartas con divertidos dibujos en cuyo interior se había anotado que tal día a tal hora se iba a celebrar en tal sitio una fiesta de cumpleaños. Todas terminaban  dentro de las mochilas de sus amigos. Menos en la suya. En el reparto, los niños, la evitaban. Ya era consciente de cómo todos iban de celebración en celebración y le entristecía la posterior felicidad cómplice de haberse divertido juntos. En ese momento su madre, Carmen, hubo de desenredar más que dos infantiles trenzas: tenía que llenarse de arrojo para afrontar un aislamiento basado en la marginación por la ignorancia. Puede que también  por el miedo que la mayoría de las personas tienen al no saber tratar con naturalidad a una persona con una discapacidad. Carmen arropó en la cama a su pequeña de seis años. Le contó un cuento como cada noche, y cuando su hija se quedó dormida cerró la puerta de la habitación. Carmen lloró amargamente, entre sombras, con lágrimas como las de usted o las mías. Las lágrimas no son ciegas. Llego el día del cumpleaños de Marta. Carmen decidió ir más tarde al trabajo para acompañar a su hija. En el interior de la mochila iba el fajo de invitaciones para todos. Ambas caminaban agarradas de la mano aunque Carmen se desenvolvía perfectamente por la ciudad. Por la tarde, esperó la salida de su hija. Permanecía erguida, sola, en medio del patio. Allí se plantó con su bastón blanco para ciegos. Frente a ella se formó un tumulto de madres con sus hijos. La observaron callados. Y empezó a sentir las inseguridades de todas ellas: tenían que decidir si dejar que sus hijos fueran al cumpleaños de Marta cuya madre era invidente. El miedo, o ignorancia, les impedían ver la autosuficiencia de una mujer, una esposa, una trabajadora, de una madre. Cuando casi todos los niños ya estaban agrupados para seguir a Carmen hasta su casa, una de ellas le soltó que ella misma llevaría a su hijo a la fiesta. Carmen le preguntó con gran determinación por qué motivo desconfiaba de ella. Aquella enmudeció al no encontrar una respuesta convincente. Delató vivir en esa ignorancia que margina a personas con alguna discapacidad. Carmen le respondió que o se llevaba al crío con el resto de amigos o no podría asistir a la celebración. Todos los niños de clase acudieron al cumpleaños de Marta.

Leer el artículo de Mariló Montero en El Diario de Sevilla.

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