El dolor tiene su sitio

/ / EL MUNDO POR MONTERA

Entré en el hall de la Freedom Tower con el espíritu de regresar a la Torre Norte del antiguo World Trade Center, en Nueva York. Quienes determinaron erigir esta torre única en lugar de las dos Gemelas, derribadas en los atentados terroristas del 11 de septiembre de 2001, optaron por que no hubiera resquicios de la tragedia. Yo tenía la necesidad de reencontrarme, en espíritu, con las viejas Torres desaparecidas, ya que había visto las obras del WTC, pero no surgió la ocasión para visitar la nueva torre por dentro. En el primer pasillo que conduce hacia los ascensores se dejan ver grandes masas de hormigón reforzado que inyectaron desde su base cuyo espesor alcanza los 91 cm. Las medidas de seguridad durante su construcción son incuestionables. Tanto como la inmediatez para el olvido. La voz vibrante y aguda del encargado de hacer los grupos de personas para entrar en el ascensor ya te rompe toda la memoria pretendida. La Torre de la Libertad quiere ser independiente. Se esfuerza en ello desde que entras en el ascensor donde un claustrofóbico olvidaría su terror, ya que las cuatro paredes se convierten en una sucesión de vídeos sobre historias esperanzadoras del propio edificio. En el piso 102 está el observatorio, una planta acristalada cuyas vistas te reconcilian con ciertas asperezas de New York para volver a enamorarte de él. Entre los recuerdos turísticos, ni una sola alusión al pasado. Es la One World Trade, la Freedom Tower y nada más. Puedes comer una hamburguesa con un vino regular, pero las vistas tras los grandes ventanales que permiten ver el paseo solar sobre la ciudad entornando sus colores hacia el atardecer y anochecer, hacen que sea una de las mejores digestiones de tu vida. Pero, insisto. Es discutible la ausencia de recuerdos. Lo compensan con el National September 11 Memorial & Museum. Las dos fosas que construyeron en las bases de las Torres Gemelas. Aún encuentras flores incrustadas entre los tres mil nombres completos tallados en bronce. Quizá el agua que cae por las paredes representen todas las lágrimas que se siguen derramando por aquellos que llovían desde los edificios. Suicidas sin opción. Esas cascadas de agua que nacen de las paredes cuadradas tienen en su centro otro cuadrado cuya profundidad debe alcanzar los nueve metros bajo el suelo. Pero le prometo que siento vértigo al tratar de conseguir ver dónde está su fondo y sin conseguirlo. Pienso que allí está el infinito del infierno.

Leer el artículo de Mariló Montero en El Diario de Sevilla.

Las columnas de Mariló Montero se publican en todas las cabeceras del Grupo JOLY:
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