CONFIESO QUE SOY VÍCTIMA

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Me ha causado sorpresa que, a un compañero, a su vez, le causara sorpresa que casi tres millones de mujeres hayan rebelado que han sufrido violencia física o sexual y, muchas, varias veces. Esto me hace pensar que el hombre en general o, en particular, desconoce la auténtica realidad de lo que las mujeres padecemos. Hace unos años, durante una cena con nueve amigas, comenzamos a hablar sobre otro estudio similar. Una de ellas veía imposible que tantas mujeres en España hubieran sufrido abusos sexuales de diferente gravedad. Se hizo el silencio. Cuando las mujeres callamos es preludio de la confesión. De las nueve, ocho confesamos haber sufrido diferentes episodios Y uno no, varios a lo largo de nuestras vidas. Siempre se me quedó la duda de si la novena mantenía su secreto. Bromas sexuales inapropiadas, insinuaciones verbales y en las redes sociales que nos han hecho sentir humilladas u ofendidas, amenazas de despido en el trabajo, tocamientos no deseados por parte de un superior, hasta violaciones. Parece que la violación completa es lo único que justifica calificar de víctima a la mujer agredida, pero víctima se es hasta de un comentario inadecuado y ofensivo. Siempre insisto en que cuando hablamos de violencia machista falta la declaración del hombre. Fomentar su opinión ayudaría a remover sus conciencias y conocimientos, que, en muchos casos, se limitan a una teoría superficial ligada a lo mínimamente correcto dispuesto por el ritmo de la evolución. Seguimos conviviendo con los roles establecidos para el hombre y la mujer que deben ser erradicados desde la infancia. Desde el nacimiento de los niños que han de seguir siendo educados para que las encuestas no nazcan a partir de los 16 años, sino que una criatura pueda discernir entre lo bueno y lo malo para verbalizarlo con la misma naturalidad que te dice que no quiere el plato de verdura. Se ha avanzado en que la mujer, la adolescente sepa enfrentarse con rotundidad ante ataques de manera radical de ipso facto sin el más mínimo temor al qué dirán. En el pasado, aún hoy prevalece, era sinónimo de indignidad confesar haber sufrido una violación. La vergüenza y temor a que no crean las denuncias es un motivo crucial para la erradicación de la supremacía de los hombres sobre las mujeres quienes aún enmarcan en una broma lo que ya es un ataque en toda regla. Las violaciones, en cualquiera de sus grados, no son responsabilidad de la mujer, lo son del hombre que lo genera. Faltan pronunciamientos públicos en los que los hombres confiesen sus actos. A nosotras no nos violan fantasmas, nos atacan los hombres que nos acechan, que cohabitan entre nosotras. Y les diré: aún me parecen pocas las que han confesado ser víctimas

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