Prisión

Sin perdón

Sólo podía mirarla a la cara. Algo muy dentro de mí, puedo interpretar que una desmesurada curiosidad por ver su reacción, hizo que mis ojos no parpadearan para no perder ni un solo detalle de sus posibles gestos. Ana Julia permanecía sentada en una silla de terciopelo rojo cuyo respaldo le cubría la espalda hasta los omóplatos y las patas eran de madera clara. Quieta, al lado de sus abogados con montones de papeles en los que estaban escritas todas las fórmulas para defenderla de los actos que se le imputaban. Túnicas negras, las togas, papeles y más carpetas, y un guarda de seguridad sentado en otra silla de terciopelo rojo, tras Ana Julia. Durante todo el juicio, también yo miraba cómo se movía, hacia dónde miraba o cómo colocaba su cuerpo el guarda de seguridad. Llegué a imaginar que ese vigilante del juzgado, cuya fuerte corpulencia trabajada a base de alzar y bajar elevados kilos de gigantes discos de pesas, si estaba ahí sentado, justo tras la acusada, tan cerca que casi no podría ni juntar sus piernas, sería para poder agarrarla, retener su cuerpo, en caso de que ella quisiera salir corriendo de la sala del juzgado o pudiera atacar a cualquier testigo que se sentaba a escaso metro y medio de una asesina confesa. Imaginaba cómo podía ser la misma persona una mujer que ha golpeado contra la pared y el suelo a Gabriel, la misma mujer que le tapó la boca y la nariz para provocar su fallecimiento, y que estuviera, esa misma mujer violenta hasta poder matar a una criatura, sentada con aparente tranquilidad con una vestimenta blanca y un pelo alisado ofreciendo una fingida santidad. Sólo veo contrastes que me llegan de mezclar mi imaginación cuando trato de recrear la secuencia de lo que relata la sentencia y la imagen real donde todo aparece tranquilo. Me preguntaba cómo podía estar serena sabiendo que estará toda su vida en una cárcel donde su comunidad tiene leyes propias. Donde las leyes carcelarias prohíben beber, consumir drogas, donde hay disciplinas férreas y unas paredes desde donde justo podrá ver, eternamente, el mismo recuadro de cielo. Toda la vida recluida en una zona exclusiva para los malos y que los buenos podamos vivir un poco más tranquilos. Quizá su abogado la haya ilusionado con nuevos recursos, con que las leyes cambian con el paso de los años, y le haya hecho creer que podría no ser la primera mujer en cumplir cadena perpetua en España, lo que ahora se llama prisión permanente revisable. Qué puede pretender esperar de la vida cuando ha asesinado a un niño. Nada, ni siquiera el perdón de Dios.

Leer el artículo de Mariló Montero en El Diario de Sevilla.

Las columnas de Mariló Montero se publican en todas las cabeceras del Grupo JOLY:
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