San Jorge

Saber decir no

Los  linchamientos contra una persona me provocan tanta compasión que prima mi sentimiento hacia la víctima y minimiza el motivo de la polémica. En Estella -conocida como la Toledo del norte lo es- está la valiosa iglesia de Santiago, cuyo protagonismo actual ha alcanzado niveles internaciones debido a la “restauración” de san Jorge: un soldado cristiano que fue decapitado por no aceptar la apostasía. Si hacemos caso de la leyenda, el soldado representa al creyente, el caballo blanco a la Iglesia y el dragón vencido a sus pies sería Satanás. Como el dragón anidó en una fuente los ciudadanos no podían beber agua. Sólo, a cambio de una de sus vidas. Cuando todo apuntaba a que la princesa sería la próxima en morir para abastecer de agua a su pueblo, San Jorge mató al dragón. Esta fábula se ubica tanto en Beirut, como en Japón. Una vez situado al santo añadiré que el san Jorge de Estella no blande su espada en su mano derecha porque la robaron hace años. La historia que hoy se escribe sobre san Jorge es la del párroco Miguel Arellano, quien cuida de esa iglesia desde hace una década. Me cuentan que un día decidió confiar a sus queridos amigos Marcos y Carmen Puerta, regentes y profesores de un escuela de manualidades en la ciudad del Ega, que arreglasen la figura. El capellán ahorraría así un gran gasto económico por la restauración de la obra del siglo XVI. No hubo en ningún momento ni negociación ni remuneración económica. Era un trabajo que “nacía del amor” y de la buena voluntad de las partes. En plena “restauración”, un vecino, aún desconocido, publicó la fotografía, aún sin acabar. La hilaridad traspasó fronteras y por ella el hundimiento anímico de los protagonistas. La cuestión sobre ésta estatua articulada es la siguiente. Primero: es cierto que don José Miguel debió enviar por escrito la petición de restauración de san Jorge al arzobispado y luego a Patrimonio Cultural de Navarra. Ellos habrían analizado el estado de la figura para su posterior tratamiento contra la carcoma y demás deterioros. Éste fue el pecado del párroco, pero su penitencia la está pagando de manera desproporcionada ya que no sale de su casa. Segundo: Marcos y Carmen debieron controlar su incalculable generosidad y decir no. “No estoy capacitado para realizar ésta restauración”. Y tercero: sabiendo, como me aseguran, que tiene arreglo, la sociedad debería aprender a contenerse en sus insultos y amenazas contra quien ha cometido un error sin dolo.

Leer el artículo de Mariló Montero en El Diario de Sevilla.

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