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El periodismo y los periodistas

Los periodistas estamos siendo llamados a retomar el elevado prestigio de una poderosa profesión capaz de sostener la democracia y la formación de la sociedad: el periodismo. Quien descuide la influencia de nuestra actividad estará contribuyendo a herir de muerte tanto al oficio como a una sana cultura para la población. Nuestra carrera no es una entidad etérea que flote en una nube invisible. El periodismo lo estamos haciendo nosotros. Lo estamos matando nosotros, en demasía,  como propulsores del odio. La advertencia llega desde los ecos lanzados por Kapúscinski quien aseveraba que los medios “deberían comprometerse a conocer profundamente los problemas y las razones de las situaciones y nunca utilizar el idioma del odio que alimenta el conflicto”. Se nos advierte de que se está perdiendo la responsabilidad profesional y cuestionando si lo que estamos haciendo es bueno para nuestro país, para nuestra comunidad. Parece que algunos directores, editores, periodistas tienen en su cabecera el objetivo de retorcer las noticias hacia sus intereses desvirtuando el rigor y el reflejo de la verdad habiendo perdido la ética como principio. Por ello, hemos de asumir con plena confianza que si todos cumplimos con nuestro deber seremos capaces de salvar el periodismo para que sea una profesión catalogada, por Juan Cruz, como invencible. Numerosas redacciones de prensa, radio y televisión se vieron diezmadas de centenares de profesionales que fueron despedidos quedando a la deriva. La llegada de internet inicialmente fue considerada como  una formidable oportunidad para la creación de nuevos diarios digitales que ocupaban a los periodistas en paro. Hoy se contabilizan más de tres mil diarios digitales en nuestro país  e incontables blogs. Cada uno con el deseo de ser el más leído, al menos, visitado, por alguna de sus noticias sobre las que hacer tantos clics como rentable posibilite su subsistencia. Puede que el temor a perder el trabajo, a tener que dar de comer a tu familia, la vanidad hayan llevado a algunos periodistas a olvidar tanto la deontología profesional como la decencia personal. La pérdida de la grandeza hace mucho daño a nuestra desprestigiada profesión. Damos a los ciudadanos la potestad de un periodista. Unos lo lamentan. Por desgracia, a otros no les debe importar mantener la práctica de replicar lo que está funcionando en una web. Una broma, dijo Churchill, es algo muy serio. La noticia, sin contrastar, es subida al diario digital. Como el calor que explota al maíz en la olla, las palomitas se inflan por todos los medios a la velocidad de unos segundos. Es cuando nace el trending topic: se acabó la posibilidad de corregir una mentira acordada y por repetida convertida en verdad en el basurero de la red eterna. Trampa, donde al olvido nunca se le dará la oportunidad de desdecir que esa media noticia escandalosa era falsa. No es libertad de expresión. Nos hemos tomado la libertad de romper las expresiones. La verdad pierde su espacio, la libertad y su valor. Muchos desisten de ser un profesional de raza, un periodista vocacional que precie la verdad y mantenga a raya todo intento de manipulación. Somos llamados a ser  periodistas conscientes de salvar al periodismo puesto que está en nuestra mano hacerlo con humildad  y rectitud. El corporativismo sería un buen protector de la profesión. Entre todos, lograríamos retomar el respeto común, poniéndonos en el lugar del “Otro”, como Kapúscinski. Abandonen el vergonzante ejercicio de convertir en caricaturas a profesionales como tú, a gentes como tú. Esa guerra entre compañeros es un fracaso humano, es una derrota para nuestro oficio camino hacia la muerte de una profesión que debe ser invencible.

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