Huérfano

El abrazo que espero

Me había dicho el papá que llegarías enseguida para tomar el aperitivo, pero nunca te tomaste la cerveza que él te pidió. Te esperábamos sentados en una de esas sillas de metal que hay en muchas terrazas de El Arenal colocadas en las aceras frente al bar propietario de las mismas. Mi hermano mayor, bueno no tan mayor porque sólo me lleva un año, aunque se otorgue el derecho a pegarme, se pidió una Coca-Cola. Papá le dijo al camarero que trajera para mí un zumo de naranja, y dos cervezas bien frías, para él y para ti. El sol que me daba en la cara hacía que mi piel se contrajera conforme pasaban los minutos. Me encantaba la relajante sensación al sentir que mis cachetes se iban bronceando. Como me incomodaba el resplandor del sol cerré los ojos. Me dedicaba a ver en la pantalla de mis párpados cerrados unas estrellitas de colores que se movían dentro de mis ojos. Estaba como un rey en esa silla. Para mis tres años era cual trono de cuentos. Me entretenía en observar cómo se balanceaban, de atrás hacia adelante mis pies que obviamente no llegaban a tocar el suelo. Podía ver perfectamente mis zapatos, nuevos.

En la mesa cuadrada, también de metal como las sillas, ya había varias bebidas y un platillo con aceitunas encurtidas que iba picando el papá. Yo te estaba esperando, mamá. Cada una de las burbujas de la espuma de tu cerveza se fueron evaporando. Ya no podrías hacerte el bigote blanco con el que tanto me hacías reír. Nos llevaron a vivir con los abuelos. Ellos siempre estaban enfadados con papá. A lo largo de mi vida le he visto pocas veces. Sólo cuando fui mayor de edad él esperó pacientemente para demostrar su verdad. La Policía empezó a enumerar las pistas. Era medio día. Las persianas de casa estaban bajadas. Una costumbre habitual de mamá, antes de salir de casa. La cafetera permanecía encima del fuego con el café desbordado y pegado sobre la plancha del butano. El gas no paró de salir y a ti te encontraron tirada en el suelo de la cocina. No había ninguna otra señal que les pudiera llevar a deducir que hubiese habido una muerte violenta o ningún bote de pastillas vacío en otro lugar de la casa. Mi hermano y yo nos peleábamos constantemente, quizá, porque nos faltó el equilibrio en nuestra vida. Tú. Dos niños con tres y cuatro años que se quedaron sin entender porqué siempre fuiste un susurro en las conversaciones de los mayores. Me consolaba que, contigo se fuera, la hermanita que me dijiste que tenías para mí en tu barriga. Por muchos años que cumpla siempre espero tu abrazo.

Leer el artículo de Mariló Montero en El Diario de Sevilla.

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