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Durmiendo, pero no dormido

Todo parece merecer una explicación, aunque no tengas nada que esclarecer. Alguien dijo que vivir es hacer frente a los imprevistos, aunque yo tenía previsto verle, por lo que poco me sorprendió, ya que casi todo era previsible. Quería verlo. Quiero decir, escucharle tocar el clarinete. Es evidente que los años en los que Woody Allen acudía a tocar a la sala por gusto ya son historia. Pero está rentabilizando lo que no ganaría en aquellos ratos de placer. Ahora es una fábrica de hacer dinero. Ir al Hotel Carlyle de New York para escuchar a Allen sin duda es una experiencia recomendable para quienes sólo somos observadores de las realidades. Se encontrarán con los auténticos artistas, maduros, que amenizan musicalmente la velada. (Les diría sus nombres, pero su representante tiene una letra inteligible. Adjunto copia del papel donde me los escribió y que interpreten los más habilidosos). Allen se sienta el último sobre las sillas en el escenario, y es el primero en cerrar los ojos antes de que comience el espectáculo. Sólo los vuelve a abrir para buscar el brazo de su representante, John, quien le ayuda a bajar cuatro peldaños enmoquetados que lo llevarán hacia el coche que lo espera en la puerta. Woody Allen ya no toca el clarinete. Puede que ya no haga ni buen cine ni hizo buenos actos humanos. Intenta hacerlo, a su edad, y frente a quienes pagamos por ver ese espectáculo cuyo cariz puede determinarse como otra parada más dentro de la ruta turística.

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