Acoso

Carta de suicidio

Pocas veces tenemos la oportunidad de leer una carta en la que el suicida haya dejado escritas las explicaciones de por qué ha decidido tirarse desde un sexto piso. El llegar a saber los motivos tortuosos por los cuales una persona ha optado por acabar con su vida genera, entre los que se van a quedar en tierra, cierto consuelo. De entre todo el horror que ahora se cala en sus padres, las letras manuscritas podrían ayudar a resolver la primera y martilleante pregunta: ¿por qué? La misiva con los detalles modera la angustia que a lo largo de toda tu vida te persigue en forma de un batallón de preguntas escudadas con el hierro de los interrogantes sin respuesta. A su madre se le nublará su luz con la oscuridad con la que vivió su hijo. Andrés, de dieciséis años, se ha suicidado porque cuando miraba a su día a día y a su futuro veía un agujero negro. Han pasado varios años durante los cuales el sufrimiento del chaval ha ido en aumento. Nos lo dice en su carta publicada de la que él mismo era consciente que iba a trascender: “Si estás leyendo esto es porque me habré suicidado”. La carta se ha hecho pública y con su lectura la dificultad para respirar. El relato es breve para ser la despedida de toda una vida de un crío al que la desgracia y, como él mismo relata, la mala suerte le ha perseguido. Me pregunto lo mismo que él: ¿qué ha hecho para merecer eso? ¿Cómo son esos chicos a los que les resulta atractivo mofarse de un compañero del instituto? Magnificamos los resultados de unos exámenes escritos de Historia y casi ningún caso se hace a los motivos reales que le han llevado al declive escolar. Los adultos dejamos pasar muchas cosas al creer que la adolescencia es una edad envidiable. Sabemos que es una de las etapas más delicadas de nuestras vidas. Por eso las preguntas tortuosas perseguirán eternamente. Se suicidó porque los compañeros se reían de él, le golpeaban, insultaban, le quitaban sus cosas, lo humillaban, le hacían daño. Vivía un infierno silente que trataba de disimular sin mostrar una lágrima. Pero vivía seis horas diarias de miedo en clase. Años de temor con noches en vela por las veces que pensaba se iba a volver a encontrar con “tíos así”. Menores que torturan psicológicamente a un compañero con comportamientos injustificables. Los adolescentes lo magnifican todo. Eso merece un castigo penal carcelario cuya reinserción sea obligada, entre rejas, donde debe ser tratada su perversión, por empujar desde el sexto piso a Andrés.

Leer el artículo de Mariló Montero en El Diario de Sevilla.

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El Diario de Sevilla, El Diario de Jerez, El Diario de Cádiz, El Día de Córdoba,
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